Deportes motorizados y nuevos modelos
El asfalto nunca llegó a aparecer. Cuatro días sobre el grava volcánica del Peloponeso, entre rocas que desgastan los neumáticos como lija y una temperatura que durante el sábado superó los 33 °C, dejaron un saldo implacable: punturas masivas, suspensiones rotas y esperanzas truncadas a pocos kilómetros de la meta. En ese escenario brutal, Sébastien Ogier y su navegante Vincent Landais encontraron la grieta exacta por la que colarse y firmaron un triunfo de 58,3 segundos sobre Thierry Neuville que vale mucho más de lo que indica el margen final.
El domingo en Loutraki arrancó como una navaja en equilibrio. Neuville salía con apenas 4,1 segundos de ventaja sobre su rival Toyota después de dos jornadas de lucha sin cuartel que mantuvieron a los dos protagonistas separados por menos de once segundos en cada tramo. El belga había dominado desde la cuarta especial del viernes, cuando Adrien Fourmaux pagó con una pintura frontal su audaz liderato sobre el Parnassos. Nada presagiaba que el Acrópolis aún tenía munición guardada.
El primer paso por Aghii Theodori -25,39 km de carreteras estrechas mezcladas con roca viva, parches de cemento y arena traicionera- fue el punto de inflexión. Ogier sacó 5,4 segundos a Neuville para robar el liderato por 1,3 segundos. El nueve veces campeón del mundo admitió que le sorprendió su propio ritmo: «Es una sorpresa, porque me costó mucho con la arena. Una pelea enorme». Neuville, consciente de dónde perdía el tiempo, era igualmente directo: «Cada vez que llegamos a la superficie arenosa, el tren trasero se va y no puedo controlarlo. Estaba tocando fondo con el coche, pero tenemos que seguir el ritmo».
«¡Los dioses griegos finalmente me apoyaron! Fue un fin de semana largo, nunca hubo un momento para relajarse.»
— Sébastien Ogier, tras su 69ª victoria en el WRC
El paso por Loutraki 1 -primer paso del tramo que repetiría como Power Stage- igualó tiempos entre los dos rivales y no movió la diferencia. La tensión era máxima. Quedaban dos especiales y 1,3 segundos entre el triunfo y la derrota.
La segunda pasada por Aghii Theodori fue una catástrofe en slow motion para el equipo Hyundai Shell Mobis. A mitad del tramo, la rueda trasera derecha del i20 N Rally1 de Neuville cedió ante la presión de las rocas. Kilómetros más adelante, el neumático trasero izquierdo sufrió el mismo destino. El belga arrastró el coche hasta la meta en 17:42.5, perdiendo 53,5 segundos con un Ogier que, sin conocer la desgracia de su rival, ganó la especial en 16:49.0 y registró 9,7 segundos sobre el sorprendente Sami Pajari. La ventaja del francés saltó de 1,3 a más de 54 segundos. La victoria estaba decidida.
«Estoy entre la decepción y algo de alegría, porque el coche va bien y nos sentimos cómodos en él», reconoció Neuville ante la cruda realidad. «Bravo a Ogier, hizo una carrera increíble. No sabemos qué habría pasado sin el pinchazo. Pero así es el rally: en Portugal nos beneficiamos del suyo y ahora él se beneficia del nuestro». La frase resume con admirable ecuanimidad la lotería implacable del Acrópolis.
Con la lucha por la victoria resuelta, el tercer escalón del podio correspondió a Takamoto Katsuta, que completó un fin de semana de supervivencia magistral. El japonés de Toyota, segundo en la carretera el viernes con el peor barrido de polvo y rocas, se mantuvo fiel a su filosofía: no arriesgar cuando otros caían. Terminó a 3 minutos y 4,8 segundos del ganador, un margen que refleja la dureza del recorrido más que su velocidad real.
La sorpresa del domingo vino de la mano del M-Sport Ford: Josh McErlean consumó el mejor resultado de su carrera en el WRC al clasificar cuarto, resistiendo con notable sangre fría un incidente de salida de pista en la PE16 que pudo costarle mucho más. El norirlandés, que el viernes había llegado a ocupar brevemente el tercer puesto con un rendimiento sobresaliente, cerró el fin de semana con un resultado que apunta hacia una madurez creciente. Quinto fue el finlandés Sami Pajari (Toyota) y sexto un castigado Adrien Fourmaux (Hyundai), que sumó cuatro pinchazos a lo largo del evento y perdió un podio que tenía en sus manos el viernes.
Elfyn Evans, líder del campeonato, atravesó el Acrópolis entre algodones desde la delantera de la carretera el viernes, barriendo piedras y polvo para el resto del campo. Terminó séptimo, cediendo puntos vitales. Su ventaja se reduce ahora sobre Katsuta a apenas 14 puntos, y Ogier escala hasta el tercer puesto general con 112 unidades, a 50 del líder galés tras reclamar los puntos máximos disponibles: victoria general, Super Sunday y Power Stage.
En el campeonato de constructores, Toyota Gazoo Racing amplía su distancia sobre Hyundai hasta 140 puntos después de la octava fecha de catorce. La segunda mitad del calendario, que arranca el 17 de julio en Estonia con el Delfi Rally, se presenta como un duelo de alta velocidad muy diferente al caos rocoso del Peloponeso.
El WRC abandona las gargantas rocosas del Peloponeso con una jerarquía alterada y un mensaje claro: el Acrópolis no perdona los errores ni las debilidades mecánicas. Ogier recupera impulso cuando más lo necesita en su campaña a tiempo parcial. Evans deberá recomponerse ante un calendario que, con Estonia, Finlandia y el Rally del Paraguay por delante, le exigirá velocidad pura en lugar del management de carretera que caracteriza las pruebas griegas.
Grecia ha hablado: el Rally más salvaje del WRC sigue siendo, once ediciones después del primer triunfo de Ogier, el árbitro más implacable del campeonato. Y el francés, con 42 años y una capacidad de lectura de carrera que pocos rivales pueden igualar, volvió a demostrar que leer los matices de la calzada griega vale tanto como empujar en los límites del crono. 🚗🔧